LA NATURALEZA DEL PERFECCIONISMO
La mayoría de la
gente es bombardeada continuamente con invitaciones a mejorar su propio
rendimiento. Desde el momento del nacimiento, ha de acostumbrarse a ser
evaluado o corregido por diferentes personas a lo largo de su vida. Al comenzar
a hablar, sus padres corrigen su pronunciación. Cuando en la niñez, otros le
enseñan a andar, a vestirse, a usar los cubiertos correctamente, a quitar los codos
de la mesa, a lavarse detrás de las orejas, a hacerse la cama.
Mientras
crece, su conducta sigue siendo evaluada, criticada, corregida, y recompensada.
En la escuela y en casa, usted aprende muy rápido que para conseguir la
aprobación de los demás, debe lograr unos estándares específicos. Cuando comete
errores, se dan a menudo consecuencias prácticas negativas. Por ejemplo, de
niño, si sus calificaciones escolares no llegaban a un nivel determinado, usted
podía recibir críticas de sus profesores, sus padres y sus amigos. A veces, los
privilegios (por ejemplo, el permiso para hablar por teléfono, salir con los
amigos, recibir una autorización) son denegados hasta que el nivel de
rendimiento vuelva a ser el deseado.
Las
frecuentes demandas de alcanzar y sobrepasar los estándares establecidos
continúan en la edad adulta. Muchas compañías y organizaciones esperan de sus
empleados un continuo esfuerzo por mejorar más y más su rendimiento
consiguiendo mayores y más difíciles logros en menos tiempo. Siempre se
espera del personal de ventas que pulverice los records de años anteriores. Las
compañías se empeñan incesantemente en lograr un éxito mayor al de sus
competidores.
Además de las
presiones externas, muchas personas sienten la presión para rendir a un cierto
nivel o para lograr ciertas metas desde dentro de sí mismas. Al cocinar para las visitas, sienta
bien saber que sus invitados disfrutan de la comida. Al intentar
mantener un nivel de forma física, usted puede sentir gran satisfacción
personal al lograr nuevas metas, como correr un kilómetro de distancia
en un tiempo menor al habitual. Desear incrementar su rendimiento o
alcanzar altos estándares no es lo mismo que ser perfeccionista. Es este
perseverante deseo de superar ciertas metas el que a menudo le ayuda
a rendir de manera efectiva en su entorno. Por ejemplo, los estudiantes que
no se preocupan por su rendimiento en la escuela probablemente no
estudiarán tanto y serán susceptibles de rendir de una manera más pobre
que los estudiantes que se marcan metas altas a sí mismos. Si este
patrón de rendimiento se vuelve habitual, generalmente se notan las
consecuencias. Sus calificaciones son más bajas, y podrían no ser
aceptados en el colegio o universidad de su elección en un futuro. Las
personas en la cumbre de su profesión, como los atletas de élite,
también han de apuntar alto para lograr alcanzar sus objetivos. Sin
metas prefijadas, las personas generalmente consiguen menos logros.
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