FORMACIÓN DE LOS TERAPEUTAS ESPECIALIZADOS EN TRAUMAS
La formación de los terapeutas especializados en traumas incluye estudiar
el impacto del trauma, de los malos tratos y del abandono, y dominar diversas
técnicas que puedan ayudar a (1) estabilizar y calmar a los pacientes, (2)
ayudar a poner fin a los recuerdos traumáticos y a las recreaciones, y (3)
reconectar a los pacientes con las personas que les rodean. Lo ideal sería que
el terapeuta también hubiera estado en el papel de receptor de todas las
terapias que practique. Aunque no es muy adecuado ni ético que los terapeutas
nos cuenten los detalles de sus batallas personales, es perfectamente razonable
preguntarles en qué tipos de terapia se han formado, dónde han aprendido sus
aptitudes y si han seguido personalmente alguna de las terapias que nos
ofrecen. No hay un «tratamiento predilecto» para los traumas, y cualquier
terapeuta que crea que su método particular es la única respuesta a nuestros
problemas seguramente será más un ideólogo que una persona interesada en que
estemos bien.
Ningún terapeuta puede conocer todos los tratamientos efectivos, y
deberá estar abierto a que exploremos otras opciones además de las que él o
ella proponen. También deberá estar abierto a aprender de nosotros. El género,
la raza y la historia personal solo son importantes si interfieren con que el
paciente se sienta seguro y comprendido. ¿Nos sentimos básicamente cómodos con este terapeuta?
¿Parece sentirse bien
consigo mismo y con nosotros como ser humano?
Sentirnos seguros es una condición
indispensable para poder enfrentarnos a nuestros miedos y ansiedades. Una
persona severa, crítica, nerviosa o dura probablemente nos hará sentirnos
asustados, abandonados y humillados, y esto no nos ayudará a resolver nuestro
estrés traumático.
En ocasiones, cuando se remueven antiguos sentimientos del pasado, podemos
tener la sensación de que el terapeuta se parece a alguien que nos hizo daño o
nos maltrató. Esto debe resolverse conjuntamente porque, por experiencia
propia, los pacientes solo mejoran si desarrollan unos sentimientos profundos y
positivos hacia su terapeuta.
Tampoco creo que podamos crecer y cambiar sin notar que producimos
algún efecto en la persona que nos está tratando. La pregunta crucial es:
«¿Sentimos que nuestro terapeuta tiene curiosidad por saber quiénes
somos y qué necesitamos como personas, no como “pacientes de TEPT”?».
¿Somos simplemente una lista de síntomas en un cuestionario diagnóstico,
o bien el terapeuta dedica el tiempo necesario a descubrir por qué hacemos lo
que hacemos y pensamos lo que pensamos?
La terapia es un proceso colaborativo, una exploración mutua de uno
mismo. Los pacientes que han sido maltratados por sus cuidadores siendo
niños a menudo no se sienten seguros con nadie. Suelo preguntar a mis pacientes
si recuerdan a alguna persona con la que se sintieran seguros de pequeños.
Muchos se aferran al recuerdo de ese maestro, vecino, tendero, entrenador o
párroco que les mostró que se preocupaba por ellos, y este recuerdo suele ser
la semilla del aprendizaje para volver a implicarse. Somos una especie
esperanzada.
Trabajar con el trauma consiste tanto en
recordar cómo sobrevivimos como en recordar lo que está roto.
También pido a mis pacientes que se imaginen cómo eran al nacer, si eran
adorables y estaban llenos de espíritu. Todos creen que sí lo eran, y tienen
alguna imagen de cómo debían ser antes de que los hirieran. Algunas personas no
recuerdan a nadie con quien se sintieran seguras. Para ellos, relacionarse con
caballos o con perros podría ser más seguro que tratar con seres humanos. Este
principio se está aplicando actualmente en muchos entornos terapéuticos con
grandes resultados, incluso en prisiones, en programas de tratamiento
residenciales y en la rehabilitación con veteranos. Jennifer, miembro de la
primera promoción del Centro Van der Kolk, que llegó al programa con catorce
años, muda y fuera de control, dijo durante su ceremonia de graduación que el
hecho de que le confiaran la responsabilidad de cuidar a un caballo fue el
primer paso crucial para ella. Su vínculo creciente con el caballo la ayudó a
sentirse suficientemente segura para empezar a relacionarse con el personal del
centro y luego a centrarse en las clases, hacer la selectividad y entrar en la
universidad.
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