NEUROBIOLOGÍA DEL APEGO
Hasta la primera mitad del siglo XX –y pienso que muchísima
gente, e incluso muchos profesionales, lo siguen creyendo hoy en día–, se
pensaba que los niños querían a sus cuidadores porque les alimentaban, les
aseaban y les protegían contra el calor o el frío. Los estudios de Harlow,
Spitz o Bowlby en la década de los años 60 del siglo XX empezaron a demostrar
de forma científica que los vínculos de apego iban más allá de los cuidados
físicos e incluían vínculos emocionales entre el bebé y los cuidadores.
Nuestros bebés, como todos los mamíferos, nacen totalmente
indefensos y sin posibilidad de supervivencia si no cuentan con la presencia y
el cuidado de sus padres. Por ello necesitan, durante muchos años, la protección
de figuras de apego que los alimenten y los cuiden hasta que puedan valerse por
sí mismos. Durante los primeros años de vida, la prioridad de las crías es la
supervivencia, vinculada al mantenimiento de una relación física y emocional
con sus cuidadores. Posteriormente, en la pubertad, se producirán cambios
hormonales que provocarán la aparición de la sexualidad, y la prioridad
cambiará a la búsqueda de vínculos sociales nuevos y en la edad adulta, la
reproducción para tener descendencia.
Todos nacemos con esquemas biológicos innatos que son
necesarios para la supervivencia. En concreto, destacan principalmente dos:
el sistema de defensa (miedo) y el sistema de apego (Van der Hart, 2011;
Crittenden, 2015). Entre los aspectos de la neurobiología relacionados con la
defensa, están la ansiedad, el miedo, el pánico y, en casos extremos, la
disociación traumática. Respecto a los aspectos relativos a los vínculos de
apego, esto es, la creación de los vínculos afectivos del bebé con la madre en
los primeros meses de vida y con el resto de cuidadores y personas cercanas
durante los años siguientes.
LA IMPORTANCIA DEL APEGO
EL CEREBRO Y EL APEGO
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